Cuando llegaron las calculadoras científicas a las salas de clase a finales del siglo XX varios profesores de matemáticas tuvieron que aprender a convivir con ellas, ya que los innumerables libros con tablas de valores en que se daban las raíces exactas de números, los valores de los logaritmos y otras tantas fórmulas aplicables se desvanecieron con el tecleo de una función y el resultado estaba en la pantalla de cristal líquido de algo que era desconocido para muchos. La justificación de tal introducción: reducir el tiempo de cálculo que era una tarea tediosa y que, claro, para algunos docentes significaba que adaptarse a dicho cambio. Un nuevo recurso que llega a pasos agigantados Aunque inicialmente el cambio puede generar una sensación de temor e incertidumbre, es importante recordar que estos cambios también pueden traer consigo muchos beneficios. La inteligencia artificial puede ayudar a mejorar la educación, proporcionando recursos más accesibles y contenido educativo personal...
Una lectura creyente desde la educación