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Diálogo de sordos.

Una de las enfermedades que aqueja a los docentes, y es la única cubierta por las asociaciones de seguridad laboral, son los problemas de la laringe (especialmente cuando sufrimos por la disfonía y afonía). Pero también, están los problemas que se asocian a la audición. Pero el post del día de hoy no tiene que ver la salud, por el momento.

El tema es que tiene que ver con saber escuchar y saber atender a lo que ocurre a nuestro alrededor. En estos últimos meses en Chile han existido tantas voces, tantos discursos, y tan pocos filtros frente al futuro de la educación que nos vemos entrampados con frases que podemos asentir, apoyar e incluso salir a la calle para defender. Pero ¿cuánto de ello es cierto? Y también otros llegan a defender los derechos que debemos como docentes. Esto ha pasado a ser un juego de dimes y diretes, que el corazón verdadero de la discusión ha pasado a segundo plano.

¿Qué se discute? ¿Reforma a la Educación? ¿Reformar el acto de educar? ¿Reformar al Educador, al Educando? ¿Reformar el Currículo? ¿Qué es en el fondo lo que se busca reformar? ¿El conjunto, el corazón, el todo o lo accesorio?

Yo quisiera llevar a cabo un pequeño ejercicio, veamos la génesis del problema de la educación en Chile. Es sencillo: si la educación es un derecho ¿por qué hay que pagar por éste? De ahí el lema una educación sin selección, sin lucro y gratuita para todos. Segunda parte, ¿qué es lo que hay que cambiar en el sistema? Es ahí dónde hemos estado entrampados: los actores de la educación no entran en juego con sus visiones, sueños y necesidades, pues las consultas que se hicieron a las bases eran otras, otras necesidades, no lo que se presentó. Se entregó un plan nacional para cambiar este sistema, pero a los actores que tienen que estar dentro de ese "Plan", no se les consultó. Caben otras preguntas, otros aspectos que no han sido vistos y que van a seguir entrampando este desarrollo de solución.

Ha sido un diálogo de sordos, pero no que lo sean de nacimiento, sino porque no queremos escuchar y escucharnos. Sacamos la voz, pero no decimos lo que es adecuado, pues respondemos a algo que no hemos escuchado con atención.

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